Mis hijos al practicar yoga han mostrado diferentes aspectos que hacen creer que les es muy beneficioso.
En primer lugar reportan la practica en si misma como un espacio de “relajación” y de “detener lo que estamos haciendo” que no se compara a ninguna otra actividad que ellos realicen normalmente. Es entretenido como un juego, cantan como en la clase de música, cuentan una historia que es como leer un cuento pero al mismo tiempo la actúan, se ejercitan como en educación física... pero en un idioma que es “especial”,... con los ojos cerrados “mirándonos a nosotros mismos”.
En casa han mostrado algunos cambios que personalmente se los otorgo a su practica de yoga. Por ejemplo han comenzado a hacer reportes verbales de su cuerpo que antes no hacían. Dicen que están incómodos, que están cansados y necesitan descansar, que tienen frío (los niños jamás admiten que necesitan abrigarse pero ahora lo hacen). Pareciera que adquirieran un nivel de conciencia corporal que les permite detectar lo que necesitan o lo que les molesta y al mismo tiempo se ocupan del cuidado de su cuerpo.
Por otra parte han aprendido que la respiración es un arma poderosa para modular las emociones y de esta forma pueden calmarse si están angustiados, apenados o enrabiados. Quiero aclarar que ellos espontáneamente no usan esta herramienta pero al ser sugerida, creen en ella y les es muy efectiva.
En nuestra vida cotidiana hemos incorporado el escuchar o cantar mantras o comunicaciones celestiales, que los niños disfrutan muchísimo, especialmente si tienen una “coreografía” que las acompañe. Al cantarlas todos juntos produce una instancia de comunicación y complicidad entre nosotros que es difícil de explicar y que no se puede comparar a nada que yo haya vivido con ellos,... bueno quizás con el amamantamiento.
Es decir, es una sensación de plenitud y de entrega hacia el otro completa, donde somos cómplices en el amor y en la felicidad. Los niños disfrutan tomándose de las manos y cantando, entiende la profundidad y trascendencia de todo lo que experimentan.
Visto desde un observador externo que muchas veces es el Papá (que no practica yoga pero que si la vive en familia), su conclusión es que al hacer yoga los niños son capaces de conectarse con su felicidad y enseñársela a los demás.
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